29 jun. 2007

UNA CARTA


Querida Anita:

Porque nunca te di explicaciones, ni me las pediste, eres la única que ficticiamente leerá esta carta sin replicar con las frases hechas del resto de la gente. Y no intentarás hacerme concebir esperanzas.
Ya no nos veremos nunca, porque tú partiste primero ¿Qué importancia tiene?
Te confieso que tengo miedo de morir. No moriré de vieja. Todo el mundo deja cosas para el día siguiente, se va dormir con una carta empezada, pensando en mañana. Yo no puedo hacerlo, ¿Sabes?, sólo dispongo cositas para el día...
Es decir, vivo el día a día, envuelta en soledades. No puedo dormir horas y horas. Es como si las robara; siento que son irrecuperables. Y entonces, pienso... lavo recuerdos con mis lágrimas y los revivo como si fueran nuevos... Voy despidiéndome de lo que he vivido, de lo que pasa volante por mi lado. Vuelvo releer cartas amarillas, cuántas historias quedan en ellas, repaso mis pasitos de niña, de adolescente y bailo música del ayer. Escucho mis canciones preferidas.”Arráncame la vida” ¿la recuerdas?
Coloco mi perfume Eternity, já! Sí, ése que comprábamos a medias, en un pañuelo y lo respiro hasta agotarlo. Los olores traen el retín de momentos, seres, emociones: El olor del mar, aun en invierno, agita en mí el estío.
El olor de la flor del almendro que es mi adolescencia.
No quiero irme repentinamente de este mundo que amo, que es aberración, que odio, que me gusta, que me desespera, que golpeo y acaricio. Es el único y complejo mundo que me ha tocado vivir… El espacio de mis amores, mis contradicciones, mis pendencias... y de mi cuerpo, fuente de dolores y alegrías. Mi cuerpo que ya no me acompañará, Anita, no soporta tanto vomito, tanta borrachera. La Quím. Lo aniquila y lo convierte en un espectro. Mi cuerpo que ha sido árbol –hierva gigante, nido y cántaro.
Sé que lo demás seguirá su curso: El Hombre que me ha amado. Unos hijos colmados de cariño que aprendieron que una casa necesita una mesa grande, para sentar en ella a los amigos.
Por eso te escribo, Anita, esta carta que no tendrá destino, porque no alcanzaste a sentir como yo, se te fue la vida, pero, sabes, mi ángel, siempre me acompañas en mis recuerdos, porque a pesar de todo fuiste y soy feliz.
Las dos sabemos que no hay panaceas; que un día antiguo no puede regresar. Que el tiempo no es el mismo, después que los lobos azules le dieron dentelladas. Hasta dejar pedazos... jirones del jardín... de la inocencia perdida.
Y sé que si estuvieras aquí, me dirías, admonitoria: “Pero Javiera, no digas esas cosas, ¡si tienes tanta vida por delante!”
Adiós anita, espérame donde te encuentres.

Besos, Javiera.



  • Pintura:Figura y ombú de Anna Rank(Uruguaya)

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