
Su camastro era de césped mojado
y su techo era de viento y estrellas
titilaban refulgentes y bellas
era libre, se le había antojado.
Transeúntes le miraban pasmados.
Cartón vacío de vino barato
su única compañía en ese rato
calmaba los fríos acostumbrados.
Perenne hería la brisa marina
su piel y sus huesos abandonados
agarrota cuanto puede su llanto.
Enfermo, con sus ojos de murrina
las lágrimas empapan sus costados
Y la mar continúa con su canto.







