Los días que llegan nos sientan de cabeza;
tomamos el té de las horas rezagadas,
mirando para el otro lado, abriéndose
las manos suaves; entre el viento y el sol:
no seremos cenizas sutil ni suspiro.
No tendremos perdida la huella ni el camino.
¿Para qué el cuerpo si la selva es silencio?
¿Para que los meses sin una clepsidra,
midiendo el tiempo rebalsado de premuras?
No creemos en nada, se nos tapa la boca
de oxigeno disipado que nos ata a una casa,
esperando; el paso de los días, su textura.
Lujuria que cantamos, el pan que nos satisface
y olvidamos de tomar el té que nos lleva al sol.
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