17 dic. 2007

LA FOTOGRAFÍA



Hace algunos días resolví limpiar todas las carpetas de mi computador; basura, esquelas, y un cuanto que había escrito, y que no tenían ninguna connotación literaria. Me dolía, cada vez que los tiraba a la bandeja de reciclaje. Con ellos, miles de fotografías, caían sin piedad, por la rendija en forma demoledora. Tenía que aliviar la carga del pobre aparato.
De pronto, una anacrónica fotografía insistentemente me miraba, y yo, le rehuía. Parecía como si estuviese viva. Sentía la hondura, esa oquedad que deja el vuelco del dolor sentido en el centro del pecho. Una tristeza ignota me nublaba la vista.
Sin querer, comencé acariciarla con la vista. Imaginaba su rostro, su sonrisa, sus ojos, cuando su cómplice mirada me veía única e inventada. Y renacía la chispa. La hoguera se avivaba, crepitando fuego en nuestra pasión trazada; en aquel tiempo detenido de ese instante, supremo de sol y sueños furtivos. Podía sentir la explosión de su risa, el tufo enardecido, palpitante, depositándose en mi cuello y, casi sentir los músculos tensos de su boca en mis labios. Y Volvía a sus cabellos, rebeldes, crespos, entrecanos, y mis manos acariciaban instintivamente la sedosidad de los mismos.
Como en estado de éxtasis, seguía observando la fotografía, antes de tirarla, y conmemoré aquel arrebato, donde la razón huyó de mi mente, donde no supe qué había pasado. Vagué por un tiempo infinito, hasta el bulevar de aquel, ¿amor? Que he recorrido infinitamente, en los rieles oxidados de aquél tren que es como el inevitable olvido. Y sin pensarlo dos veces, la arrojé.
Absorta en mis pensamientos, recordé lo bello que fue conocerle, cuando revolvimos al mismo unísono aquellos cafés en ese bulevar amor, amor que ahora es encuentro de poetas desvencijados, con las cucharillas de una ilusión maltrecha y azorada. Entonces, briosa, dejando mi orgullo en una voltereta larga, quise reparar el entuerto y la recuperé del disco duro.
Al regresar la senil fotografía de su viaje por los abismos de sus propios infiernos, encontró su sitio entre mis preferidas, donde podré observarla remolona, cuando se me dé la gana. Porque estará en mis ojos, en mi corazón, en mi mente poblada de verdugos y cenicientos recuerdos, donde su alma quedará guardada para siempre.

5 dic. 2007

NUESTROS TAOS

Un ritmo hundido en la arena.
Una playa, sudores que se mezclan
como una dulce y suave bebida.


Las ropas se pierden, inexorables
como los colores de un amanecer
al envolvernos mansamente
en nuestros oscuros argumentos.


Al horizonte naranja del crepúsculo,
se perfilan armonizados gemidos
como en un auditorio de música...


Y se canturrean los te quiero
en el tao de tu cuerpo y del mío...
Feneciendo en las bruñidas arenas
dispersas de entonados aromas.

PAISAJE


Volará mi corazón junto al tuyo
como una blanca gaviota, libre
por el paisaje maravilloso
de nuestras pieles sudorosas.


(Pieles que son como la piel del mar,
en su incesante, rítmico movimiento)


Llenando oscuras retinas de lujuria,
al mover los enardecidos cuerpos,
con danzas que son como un rito,
en la más gloriosa efervescencia.





  • Fotografía de:José Manuel Hernández Somohano