3 nov. 2007

FAUSTO


Hoy le he vuelto a ver a pesar del tiempo transcurrido; allí está, en aquel rincón hediondo a orines. Fue un fantasma con vida que vi unas cuantas veces. No sé en realidad cuántas. (Pero sí: pueden contarse con los dedos.)

Él tenía cuando le conocí la misma edad de uno de mis hijos, niños traviesos con la camisa del colegio encima del pantalón, gritones y buenos para la talla, llenos de sueños y ambiciones; llegaban alborotados a casa, cuando tenían que estudiar, hambrientos. Mi refrigerador tiritaba (a esa edad, es cuando se comen todo lo que pillan.)

Cursaban el cuarto medio en el mejor colegio de la ciudad. Fausto, uno de los chicos, siempre fue muy alegre, la quilla indestructible del grupo, se destacaba por tener buena memoria y las mejores calificaciones entre sus compañeros.
Sus padres, humildes, de clase media, se esforzaban mucho para que Fausto, saliera adelante, trabajando duras jornadas, sufriendo incontables epopeyas, y comentaban con tanta ilusión que su hijito llegaría a la universidad.

Hasta que un día de suyas delicias idas: quiso el elixir libar; abandono los estudios; para él no existían escarmientos. En su más dramática barrabasada, la droga lo atrapó. Mas el néctar no fue de ambrosía, fue dantesco, de hiel infernal.

Se apartó de sus amigos, se volvió huraño, distraído, desaseado, piojos y ladillas eran habitantes de su cuerpo, no aceptaba consejos de nadie; su mirada, sin la tersura de otros días, se volvía huidiza, subrepticia, casi opaca… mientras sus iris se iban enrojeciendo como el crepúsculo del atardecer y en un abismo se dejaba caer, como un evo sin luz

A veces era tanta su desesperación por conseguir tan ansiado brebaje que comenzó a engañar y a robar, para apagar la antorcha de la angustia, ansiaba desesperadamente volver a la cima; quemándose el alma y la vida.

La mayor ilusión de aquellos padres era que su hijo mayor fuera ejemplo para todos en el hogar, mas el triste mascarón en que su hijo se estaba transformando les entristecía y les amargaba la existencia.

Fausto, también sufría mucho por lo injusto que era con ellos. Desengañado del amargo paso dado; buscó consuelo en su sima y, recapacitó y le pidió ayuda a sus padres.
Lo internaron en un centro de rehabilitación en Alto Hospicio.

Ya restablecido retomó sus estudios, sobresaliendo en todas sus materias. Fue un brillante psicólogo en el mismo lugar que se rehabilitó. Donde pudo ayudar a chicos con su mismo problema.

Hoy he vuelto a encontrarlo en su impagable labor de ayuda a los que, como él, cayeron en las garras de la droga. Allí, en el Centro de rehabilitación, bajo la mañana exultante de luz y colores recién creados por la alborada. Allí, como un nuevo Quijote, con sus ojos iluminados, la barba erizada y un gesto de inmensa humanidad en la acogida....


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